martes, noviembre 12, 2013

"En el momento en el que de verdad comprendo a mi enemigo lo suficientemente bien como para derrotarlo, entonces en ese mismo momento también le quiero. Creo que es imposible entender completamente a una persona, lo que quieren, lo que creen, y no amarles en la misma manera en la que se aman a ellos mismos".- Orson Scott Card, El Juego de Ender, 1985

Empiezo este escrito pidiendo perdón a los fans de Scott Card y de la película del Juego de Ender, puesto que la cita con la que comienzo este mismo post, pese a pertenecer a su libro, es una traducción libre, puesto que soy incapaz ahora mismo de encontrar en internet la traducción exacta de esta frase o la cita con la que comienza la película y la que me inspira, precisamente, a hacer esta reflexión.

Ayer fui al cine a ver la nueva película de ciencia ficción (sin duda, estamos en una época en la que es una gozada ser un fan de la ciencia ficción, en tantos ámbitos...) basada en el libro homónimo de Orson Scott Card, El Juego de Ender. Sobre la película diré que me gustó, si bien me dio la sensación en todo momento de que se quedaba corta. Pasaba por según qué puntos sólo por encima, dejando ciertas relaciones muy en segundo plano (como la relación entre el comandante Graff y la ¿psicóloga?) y también tocando muy por encima ciertos temas realmente profundos. En resumen... me dio la sensación de que si la película me gustó, el libro me gustaría aun más al ampliar mucho más esos temas. Quizá me equivoque, pero preveo solucionarlo en el futuro próximo, y tener mi propia comparación entre el libro y la película.

A lo que iba... la película trata muchos temas, muchos de ellos muy interesantes, como por ejemplo el eterno dilema de si el fin justifica los medios, o la reflexión de por qué el ser humano es capaz de desinhibirse al saber que sus acciones no tendrán repercusiones y cometer cualquier atrocidad, llegando incluso a plantearse si existe un criminal en potencia en todos y cada uno de nosotros. No obstante, hay un tema que la película plantea como una verdad absoluta (tan verdad como que al final condiciona la misma manera de pensar de Ender) y es la cita con la que comienza este post. ¿Acaso al conocer a alguien o algo lo suficientemente bien y sus inquietudes, automáticamente, nos convertimos en una especie de amigos suyos?

Quizá sea una manera un poco infantil de exponer el tema, pero me resulta interesante no obstante, teniendo en cuenta los tiempos en los que vivimos. Quiero decir... soy jugador. Llevo siéndolo desde hace años, aprendí a leer con el Loom de Lucasarts. Vi la cara de horror que se le quedó a una profesora de primaria cuando le comenté en qué consistía mi juego preferido de ordenador en aquél momento, el Doom. Me encontré de bruces con su falta de comprensión, al no ser capaz de explicarle que era perfectamente consciente que un puñado de pixeles en una pantalla y el "dolor" virtual que les infligía no eran cosas reales, y que jamás se me ocurriría hacer algo parecido en la realidad. En todo caso, al contrario, ese tipo de experiencias virtuales me condicionaban cada vez más a no hacerlo. Una conclusión que si bien a priori parece la misma a la que llega Ender en el largometraje, en mi caso, tiene un punto totalmente opuesto y que no soy capaz de obviar. En ningún momento he llegado a amar a ese "enemigo" que se me plantea. Ni siquiera llego a comulgar mínimamente con sus ideas.

Quizá debiera explicarme un poco antes de saltar a las conclusiones. Cualquier jugador de videojuegos en estos últimos tiempos ha estado expuesto a una gran cantidad de enemigos, de historias y de ideales, tanto correctos como incorrectos. Me parece que es imposible hoy en día jugar a un shooter y no acabar conociendo un poco más sobre un evento tan importante como fue la Segunda Guerra Mundial y los planes de los nazis. O la Rusia más hostil desde la caída del muro. O ese "futuro" enemigo que se está poniendo últimamente de moda, los chinos y su capacidad como primera potencia económica mundial. Hemos podido disfrutar también de entornos más fantasiosos, como los juegos de Blizzard y las escaramuzas permanentes entre orcos y humanos, entre terran (humanos), el enjambre y los protoss, cada facción con su propia cultura, problemática e ideales. La lista de conflictos virtuales es, sencillamente, interminable. No obstante, en todos los videojuegos se comparte siempre el punto de partida: tomaremos el control de un personaje, más o menos importante para la trama, y se nos encomendará la misión de acabar con la guerra por el bien de nuestro bando.

Durante nuestro trayecto, según la filosofía que trasciende de la obra de Orson Scott Card, deberíamos sentirnos cada vez más cercanos a nuestros enemigos, comprendiendo mejor sus motivaciones y el porqué hacen lo que hacen. Y realmente está en lo cierto, ya que tomando por ejemplo el caso de los juegos de estrategia, seguro que muchos fans coincidirán conmigo en que parte de la gracia de las campañas para un solo jugador es ese momento inevitable en el que tengamos que dejar la facción por la que hemos luchado siempre para alistarnos en otra. Aprendemos a ver el conflicto desde otro punto de vista. Aprendemos a valorar a ese terrible enemigo contra el que nos enfrentábamos. Asistimos a sus puntos más débiles y a sus debilidades. Y en conclusión, aprendemos más y mejor sobre sus problemas. De hecho, sí que es cierto que existe gente que llega a estar tan familiarizada con estos conflictos virtuales que, por su manera de hablar y actuar, se toman la interacción con estos personajes ficticios como algo totalmente real, considerando algo tan fantástico como un orco sus auténticos amigos. No sucede lo mismo, no obstante, en juegos más realistas o que plantean una problemática real. Volvemos pues al género de los shooter.

Según lo planteado hasta el momento, es de suponer que cuanto más juegue a juegos basados en la Segunda Guerra Mundial, más probable es que vea en figuras como Eisenhower o Hitler un "amigo", una figura a la que respetar y valorar. Es entonces cuando la teoría de cuanto más conoces a tu enemigo, más aprendes a valorarlo, se desmonta en mi caso particular. Lo siento, pero personalmente, encuentro incluso insultante una suposición similar. Podríamos incluso mediante esta regla de tres concluir que cuanto más juega una persona a juegos bélicos, más probable es que se sienta inclinada hacia un lado u otro de la balanza de cualquier conflicto. Y me niego a creerlo, simple y llanamente. Podré aprender que no todo el pueblo alemán estaba a favor de la Gran Guerra, podré aprender que los americanos y británicos no fueron en todo momento los héroes que reflejan los libros de historia, pero no por ello los tomaré como amigos o figuras a respetar. En todo caso, entre ambos bandos, acabaré adquiriendo la lección de que la mejor guerra es aquella que no se libra ni tiene bajas. Que en un conflicto armado, no existen vencedores, tan sólo vencidos. Que la violencia no es la solución, el fin no justifica los medios, y que las balas o el filo que estoy usando para acabar con mi contrincante... me provocarían el mismo o más dolor a mi misma persona.

En definitiva y en mi opinión, creo que cuanto más nos exponemos a estas guerras, sobre todo en forma de simulaciones, sí, acabamos llegando al a misma conclusión a la que llega Ender, repudiando los conflictos armados y evitándolos, dando siempre prioridad a la paz y a la coexistencia, basándonos en el simple principio de desear para los demás lo mismo que deseamos para nosotros mismos. ¿Pero llegar a esta conclusión por desarrollar aprecio hacia nuestro contrincante o sus formas? No creo que sea exactamente el motivo por el cual sucede esto.
Permalink - Divagué a las 5:49 p. m.   




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